Una vez que tuvimos los collares funcionando y listos para su nuevo hogar en el campo de un cliente (y habíamos convencido a alguien de ser nuestro primer productor Halter), pusimos el foco en instalar las torres y dejar el campo listo para la puesta en marcha.
El día antes de la instalación prevista, la empresa que habíamos contratado para construir las torres se cayó, y esa fue la traba número 1. Pero eso no nos iba a frenar: unos cuantos del equipo se subieron a una camioneta, cargaron materiales en Auckland y bajaron a Waikato, y pasaron toda la noche soldando, perforando y construyendo las torres a mano en la sala de ordeñe del papá de Craig.
Una vez que las torres estuvieron listas, nos encontramos con la traba número 2: los lugares de instalación de las torres en el campo del cliente eran inaccesibles para los camiones industriales, así que todo tuvo que hacerse a mano, incluido levantar las torres hasta sus respectivas posiciones.
Salimos corriendo de nuevo y compramos más de 2000 kg de cemento para mezclar, bidones para acarrear agua a mano, una carretilla y un montón de palas para hacer todo este trabajo manualmente. Hablando de laburar a pulmón. Después de unos cuantos días trabajando de sol a sol, muchas risas y mucho sudor (a veces saliéndonos por los ojos), teníamos nuestro primer campo instalado.
Nuestro primer productor quedó tan contento al final que hasta nos compró un cajón de cervezas. Anotamos esta experiencia como un triunfo enorme y una curva de aprendizaje gigante.